viernes 7 de octubre de 2011

Algo ha comenzado a cambiar …



I

El sol se ponía lentamente bañando de arreboles dorados el horizonte hacia la selva. El tugurio ”Palestina” no pudo ese día ser demolido. Se retiró a descansar el conjunto de autoridades allí reunidas. Seguido por sus guardaespaldas, vagó Erwin Fogelback en su espléndido vehículo ”todoterreno” aspirando el salobre aroma del litoral. Pensaba y repensaba en todas las alternativas posibles, consideró incluso echar mano a su propio personal armado.

–Llegó a su casa, la mesa ya estaba puesta, pero la familia no comía aún; lo esperaban a él.

Mientras cenaban Fogelback contaba a su mujer lo sucedido. Ella dirigió una mirada a sus hijos que departían alegremente sentados al otro extremo de la mesa magníficamente servida. -Algo ha comenzado a cambiar en este país –comentó la mujer.
Erwin Fogelback, huellas de pecas en la nariz, barbirrubio, hablaba el portugués de manera atropellada, como lo haría un austríaco. El latifundio de su propiedad, no era el más grande del Estado, tampoco el más pequeño; eso sí, uno de los más voraces en cuanto a expandirse, a industrializar y comercializar los recursos dentro de sus linderos, y cuando era necesario, los de fuera de los linderos. Los que colindaban con él eran pequeños y carecían de ciertas relaciones que a él le sobraban. En fin, ¿quién no entiende los límites de un terreno como elementos pragmáticamente movibles?

En cierto ejercicio de introspección que acostumbraba, entendía que se limitaba a seguir un impulso heredado, y la voz de su propia conciencia. No le movía ninguna ideología política, ni religiosa, mucho menos filosófica. Le parecía bien pues de ese modo dirigía sus negocios y relaciones, de acuerdo a la confianza o desconfianza que despertaba en él la contraparte. Esto también le permitía estar en condición de cambiar de culto el día que le perdiera la confianza al pastor de la iglesia metodista a la que no pertenecía, pero acudía los domingos puntualmente, con su mujer e hijos.

El ecologismo se le revelaba tan farsante como el comunismo. La misma explotación de sus propiedades le había demostrado que el verdor de esas tierras es recalcitrante. Tendía a regenerarse con pasmosa rapidez, a tal grado que las inversiones en herbicidas que tenía que desembolsar eran cada vez más altas. Allí donde la tierra se dejaba a su propio arbitrio, en un par de años se volvía una maraña impenetrable. Cierto, de flora y fauna muy, pero muy diferentes a las originarias. Predominaban ortigas, arbustos espinosos y alimañas venenosas; pero en fin, fauna y flora.

Esa caravana de miserables errabundos que recorrían el país en busca de tierras en donde asentarse no le quitaba el sueño porque había podido comprobar que no eran tan peligrosos como los medios decían. Ellos sólo se posesionan de terrenos ociosos y abandonados. Además, estaba seguro de imponer su autoridad hasta en el último rincón de sus propiedades; contaba con suficiente personal armado con modernos pertrechos, cuya movilidad podía ser en vehículos con tracción en las cuatro llantas o a caballo. Contaba con suficientes contactos en la gobernación política, entre los jefes de la policía y aún en el estado mayor del ejército. Su esposa era fiel y sosegada; sus hijos, muy buenos estudiantes y de mentalidad empresarial.

¿Qué más podía pedir a la vida? Nada! Sólo que le conservara la buena salud y seguir empujando adelante! Cierto, no había conquistado el cielo, pero le rozaba con las yemas de los dedos.

Sin que nadie tratara de convencerlo, sabía a ciencia cierta que aquellas, inicialmente, pocas familias habitantes del villorrio levantado con láminas, varas y pajas, no eran usurpadores bajo la égida de comunistas apátridas, sino antiguos colonos suyos, caídos en la desocupación, producto de la acelerada tecnificación de las labores agropecuarias. De un momento a otro podría necesitarlos de nuevo; por eso les cedió un lugar para vivir. Los vaivenes de la economía son impredecibles y hay que prevenir, pensó.

Y sin embargo en menos de un lustro, los habitantes del tugurio dieron muestras de multiplicarse peligrosamente. Fogelback llegó a la conclusión que definitivamente, de cara al futuro ya no los necesitaría como fuerza de trabajo, aunque sí necesitaba las parcelas que ocupaban.

En la mente del terrateniente bullían planes de una mejor distribución y una mejor economía de la superficie productiva. Había meditado muy bien el asunto. Su conciencia decía que él no tenía la culpa que el avance de la tecnología agropecuaria fuese tan veloz. Tampoco de que la fuerza laboral caída en la cesantía careciera de alternativas. En estricto, tal cosa era un problema del gobierno. De los políticos!


II

La vida laboral de Hámilton Dos Santos, había transcurrido por todos los oficios imaginables con el ingenio suficiente como para no dejar caer a la familia, mujer y nueve críos, en la hambruna. Agricultor, carpintero, albañil, obrero fabril, vendedor, electricista, soldador… hasta llegar a tractorista, empleado del departamento de “Obras” de la gobernación.

Hámilton no veía ante sí una masa descolorida e informe como la que miraban Erwin Fogelback, el delegado de la gobernación y el oficial de policía, quienes le había llevado a colocarse frente al tugurio tripulando una descomunal pala mecánica de las que se usan para terrazear terrenos destinados a la construcción.
Hámilton miraba cabañas precarias y malolientes, remedo de muebles y una infinitud de trastos diversos, difícilmente identificables, pero en fin, un poblado de seres humanos.

La policía había sacado del tugurio a los pobladores y los mantenían reunidos a distancia. Ahí se les leería por altavoz la expiración del ultimátum y la orden de desalojo, dictados por el juez de lo civil.
Había gentes de todas las edades, desde recién nacidos hasta ancianos que no podían caminar sin ayuda.

Perros y gallinas merodeaban en los alrededores incapaces de entender lo que estaba por suceder. Al interior de algunas cabañas dormitaban gatos, totalmente indiferentes a todo aquel alboroto; se escuchaba gritos de algunos papagayos en el interior del tugurio. Se impacientaban por la prolongada ausencia de sus amos, y por sus estómagos vacíos. Hamilton dirigía la mirada a los angustiados pobladores. Miraba a su propia familia, multiplicada.

El delegado del gobernador se acercó a la enorme pala mecánica; se dirigió a Hámilton: -En cuanto termine de leer la orden de desalojo, te doy la señal y metes la máquina por todo eso, a manera que ”no quede piedra sobre piedra”! (se atrevió a una cita bíblica). Luego se dirigió hacia donde la policía retenía a los pobladores. Los niños lloraban de hambre y angustia

El sol había traspasado ampliamente el cenit, las palabras del funcionario resonaban con autoridad.

A la inminencia de lo que había de venir, las manos de Hámilton Dos Santos comenzaron a sudar copiosamente. Observó en los alrededores congregaciones de curiosos. Aparte de los burócratas ahí presentes no había entre ellos ninguno de clase media. El único de clase alta era Erwin Fogelback, pero éste se situaba a una prudente distancia en el interior de su vehículo de vidrios polarizados. Se mantenía informado de los detalles, vía celular, por el representante de la fiscalía general, que también estaba presente.

Las autoridades allí concentradas eran minoría en relación a los pobladores retenidos y los curiosos que aumentaban en número.
Hamilton ya había vivido lo suficiente en ese ambiente para entender que aquella desproporción, no significaba mayor cosa en el resultado final de ese tipo de conflictos. Los pobres, siempre protagonizan grandes aglomeraciones alrededor de los acontecimientos novedosos. Rara vez se atreven en contra de la fuerza policial, por demás vengativa e implacable. Cuando se atreven sufren severas derrotas. Y cuando logran sus objetivos, estos son revertidos por el aparataje gubernamental.
¿Qué podría pasar si todos aquellos curiosos desarrapados cobraran conciencia de pertenecer a un solo cuerpo violentado y reaccionaran como tal?
Alguien había bautizado al tugurio como ”Palestina”; quizá como una forma de incitación.

¿Qué pasaría si aquél mar de curiosos, experimentaran un único sentimiento de indignación y se lanzara a la acción?

-Por la puta! ¿Estás ciego y sordo!!? ¿Que no ves ni oyes la orden de proceder!!?

El reclamo del representante del gobernador, que había llegado otra vez a la par de la enorme máquina con grandes aspavientos, sacó de sus abstracciones al tractorista, quien reaccionó sobresaltado. El acto reflejo hizo que su mano se posara sobre el encendido, pero no lo accionó; se limitó a acariciar la llave suavemente, con la mirada dirigida hacia ninguna parte.

-¡Vamos hombre! ¿Que esperas? –volvió a gritarle el delegado, ya fuera de sí.

Hámilton volvió la cabeza hacia el que le daba órdenes imperiosamente. Le miró intensamente, parecía no oír los gritos cada vez más histéricos que le dirigía. Con una lentitud, nada acorde con la urgencia que se le exigía, bajó trabajosamente de la gigantesca máquina con la llave de encendido en la mano, y se la tendió al sorprendido funcionario. -No puedo hacerlo -le dijo. Había en sus ojos una mirada inmensamente triste.

-Te has vuelto loco? –inquirió el oficial– ¡Esto significa desacato! ¡Desobediencia a la ley! Serás despedido! ¡Irás preso!

Cabizbajo, Hámilton replicó a su vez: -Proceda como mejor le parezca, pero yo no puedo hacerlo! –Y comenzó a caminar hacia la carretera, en busca de un autobús que lo llevara a casa. Iba meditabundo y temeroso. ¿Perdería el trabajo? ¿Le acusarían, de qué? ¿Iría preso? Un dejo de esperanza le alivió la pesadumbre al recordar la cercanía del extraordinario acontecimiento que había conmocionado al país entero. Un obrero sindicalista había llegado a la presidencia de la república. –¡Algo tiene que cambiar! Esperaremos, a ver qué pasa, –se consoló y siguió caminando.

martes 2 de agosto de 2011

La matanza


–Necesito una información que sólo tú puedes proporcionarme de manera fidedigna –dijo a su abogado, tres días después de los hechos, Anders Behring Breivik.

–Estoy a tu disposición –contestó Geir Lippestad.

–Dime con exactitud, ¿cuántas chicos he matado? Yo perdí la cuenta!

Uno de los gajes del oficio de abogado es el control de las emociones; el jurista contestó sin alterarse.

–Aún no se sabe con exactitud; no son pocos los que yacen con pronóstico reservado.

Ambos hablaban serenamente, casi en secreto, sin divagar, sin diferir un ápice. Cualquiera diría que trataban otro tipo de negocio.

Al interior del centro de detención, los hombres intentaban estructurar la estrategia a seguir. Habían, sin embargo, momentos que Lippestad rozaba la exasperación. Su cliente no proporcionaba datos, ni argumentos de valía.

–Mi propósito es mandar una fuerte señal al país y Europa –repitió por enésima vez–, provocar el despertar de las conciencias; defender el cristianismo de la violencia mahometana. Golpear el propio corazón de los traidores que han infestado mi país de cabezas negras; poner paro al reclutamiento de jóvenes a la causa de los traidores. Reconozco. Cada una de las muertes fue atroz, pero todas fueron necesarias.
Aunque se tenga que matar jóvenes bellos para salvar la patria, hay que hacerlo! Sólo los imbéciles son incapaces de comprender. Las cruzadas que tenemos que librar hoy día, los caballeros templarios, no son en Oriente Próximo! Son aquí en nuestro propio suelo! Los cabezas negras son el caballo de Troya, y los traidores han abierto las puertas!

Geir Lippestad opinó que no aportaba nada, pero el acusado insistió en hablar de Suecia. –Es un Estado totalitario. Va hacia el colapso. Está cercado por fuerzas combinadas: la Yijad Islámica,la Unión Europea, el multiculturalismo…, la excesiva ideologización... El país que nos dio a Ingvar Bergman, ABBA y la Volvo, va ser conocido como la Bosnia del norte europeo. Ese modelo significará únicamente locura ideológica. No será algo digno de admirar. Nuestro deber es encender la guerra contra la Europa comunitaria; contra el Islam. Provocar la revolución!

En la primera entrevista, la retórica de Anders Behring le pareció impresionante a Geir Lippestad . Pero a medida que fue aquél explayándose, éste pudo darse cuenta, que extensos argumentos que exponía Behring, y daba por suyos, eran plagio de lo escrito por Timothy Mc Veigh, y por Ted Kaczynsky, célebres, autores y teóricos del terrorismo con fines políticos.

He aquí que Geir Lippestad, decidió centrar su estrategia en que Anders Behring Breivik estaba loco.

Viviendo en casa de la madre, en diciembre del 2010, comenzó a compilar armas de guerra, municiones, chalecos antibalas y disfraces, que enterraba en zulos para que ella no se enterara. Desarrolló los contactos necesarios para pasar a la fase superior de preparativos.

Simultáneamente escribía su diario de faena. Resultó monumental: 1500 páginas. Le llamó “Manifiesto2083”.

Llegada la fase superior, abandonó la casa de su madre. Arrendó una granja en Rena, afueras de la capital, a fin de encubrir la adquisición de grandes cantidades de Nitrato de Amonio, fertilizante sensible a ser convertido en explosivo rompedor. Adquirió además gran cantidad de polvo de aluminio. Con ambos materiales elaboró, poco más de una tonelada del explosivo Amonal.

Por otra vía distinta (internet), pudo hacerse con detonantes eléctricos, en suficiente cantidad para explotar todo el material que había elaborado.
Breivik, insistió a la policía que actuó solo. Ante el juez, sin embargo, admitió la existencia una logia, hermética de manera tal, que no es posible descubrir la identidad de sus miembros. Se trata de la compartimentación mística por excelencia, absolutamente compacta, sin indicio alguno de filtraciones; un perfecto nudo gordiano.

El trece de junio culminó la fase superior de preparativos. Hizo un recuento meticuloso. Todo estaba absolutamente en el lugar que debería. Se sintió relajado. A partir de ahí, como un tigre al asecho aguardó pacientemente la víspera de la convención anual de jóvenes socialdemócratas.

El día 20 de julio fletó un auto arrendado con 950 kilos de amonal. El dispositivo detonante de la carga lo acopló a la recepción de señal de un teléfono celular. El día 21 condujo este vehículo al complejo gubernamental, lo estacionó en la entrada principal del Ministerio de Estado, y regresó a la granja, en bus.

Dos días después, luego de un almuerzo frugal, escribió en su diario: “Creo que éste será mi último mensaje. Ahora es viernes 22 ”. Bebió su dosis diaria de esteroides anabolizantes. Calzó botas y pantalón de policía. Al interior de un maletín plateado acomodó un fusil recortado y munición suficiente para combatir un día entero. Colocó el pesado maletín en el asiento copiloto. A la par del maletín colocó una chaqueta y una gorra de policía. Abordó el vehículo y volvió al complejo gubernamental.

Dio un par de vueltas en los alrededores. Comprobó que el vehículo que había aparcado junto al Ministerio de Estado, seguía en su lugar. Se dirigió hacia la periferia oeste de la ciudad. Fuera del perímetro urbano, aparcó a un lado de la carretera, subió una colina con un teléfono celular en la mano. Marcó un número y dio paso a la señal de llamada. Cuando la señal llegó a su destino, un ensordecedor estruendo y un temblor de tierra sacudió la ciudad, a la vez que elevaba una densa columna de humo y polvo en dirección del complejo gubernamental.

Anders Behrin Breivik hizo la señal de la cruz conmovido hasta las lágrimas. Bajó corriendo la colina, abordó el auto y siguió por la carretera hasta el embarcadero del ferry que va y viene de Isla Utöya. Buscó el aparcadero, estacionó. Antes de salir del auto se colocó la chaqueta, la gorra de policía, tomó el maletín; se dirigió al ferry.

Partió la embarcación. Los minutos se hicieron eternos. En la pequeña isla, pululaban no pocos centenares de muchachos llegados de todo el país.
Desembarcado, sin mayor dilación Anders Behring se dirigió al centro del campamento, contactó a los organizadores, se identificó verbalmente como agente de policía.

Pidió a los líderes convocasen a los jóvenes a un descampado; un anfiteatro natural. Había ocurrido un atentado en la capital del país. Él llevaba la misión de informar medidas de seguridad.

Acudieron en multitud muchos jóvenes y niños, (pocos adultos); unos sentados sobre el césped, otros parados a pocos metros del “agente de policía”. –Atención! –dijo, serenamente, y con suficiente fuerza para que oyeran todos– ¡Debo mostraros un arma!

Con mucha parsimonia, abrió el maletín plateado, extrajo dos bandoleras con abundantes magazines repletos de munición; se las colocó en equis sobre ambos hombros. Extrajo el fusil automático, le colocó mira telescópica, magazín de alimentación y colocó un tiro en la recámara. El público le observaban intrigado…..

–¡Y ahora os voy a matar a todos! ¡Hijos de la gran puta! –gritó, disparando ráfaga tras ráfaga a la multitud; entregándose completamente a la matanza.
Lobo Pardo

domingo 16 de diciembre de 2007

Epílogo

Amigos lectores de `Palabras a la deriva´:

`Exodo´ es el capítulo final de esta colección de relatos.
Como ustedes podrán apreciar, la técnica del blog puede abordarse desde ángulos diferentes. En éste, Lobo Pardo intentó hacer el esbozo de una colección de relatos cortos, como una forma de introducirse en el ámbito literario; colección que más tarde se intentará tome forma de libro.

Llegado el período dicembrino, el autor se entregará a meditar acerca de cómo podría configurarse una segundo esfuerzo que le adentre más a profundidad en el ejercicio de las letras. Seguramente que de concretarse este segundo esfuerzo, se apoyará asimismo en la técnica del blog, porque esta técnica permite hacer el esbozo, y exponerlo al previo juicio de los lectores. En este caso, acá en este mismo blog `Palabras a la deriva´, aparecerá la dirección de el nuevo blog que surgiría.
Una idea que surge, que no se sabe si se concretará es la de abordar el género `Novela´, por entregas, o el comentario político... No se sabe... Ya lo veremos...

Por hoy, sólamente nos queda desear que pasen, en la medida de lo posible, unas fiestas navideñas y de año nuevo, con el mínimo de innecesario estrés......

FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO...!

Lobo Pardo

Éxodo

Al interior de Estados Unidos, la crisis inmobiliaria que estalló a causa de la desmedida especulación de los banqueros, hizo nada más que unos pocos millones perdieran sus viviendas, y otros cuantos millones temiesen la recesión, y quizás la decadencia. Al sur del Río Bravo, en otros países que habían adoptado la divisa de la potencia, como propia, sin embargo, las consecuencias eran ya desvastadoras. Ahí, sin que se viese luz al final del túnel, cada día centenares de ciudadanos, perdían la capacidad de pagar el alquiler de las viviendas que habitaban.
Al hermano Noldo esta situación multiplicó las revelaciones celestiales acerca del tiempo por venir.

No todas las visiones del hermano Noldo se mostraban fidedignas, pues el predio baldío que en el sueño se le prefiguró como la “tierra prometida” para el pueblo que él conducía, no era “tierra sin dueño”, según lo revelado. En el Registro de la Propiedad estaba asentado como propiedad de la compañía financiera Bienes Raíces SA de CV. Y a pesar de ser un predio rústico en donde aún hedían los restos de un antiguo basurero, crecían matorrales espinosos y medraban alimañas ponzoñosas; estaba valorado en unos cuantos millones de dólares, dada su ubicación en pleno corazón industrial de la ciudad.

Entraba el mes de diciembre. Silbaba un viento frío que viniendo del norte se dirigía hacia el mar.

Esa revelación había sido precedida de otra que resultó más exacta. Soñó con su hijastra Rosalba, quien en esa época terminaba la escuela primaria, y de hacía unos dos años, menstruaba. Rosalba era hacendosa, tímida, obediente y de mirada intensa. El hermano Noldo la soñó desnuda, y de ahí en adelante hizo presa de él el insomnio. Se lo comunicó a Enma, la madre de la chica.
Más que amante, Enma había sido la madre que nunca tuvo el hermano Noldo, pues le superaba en veinte años. Ella también era sumisa, obediente y devota, así que cuando supo del sueño de su marido y pastor, le miró a los ojos. En el rostro del hermano Noldo estaba retratada la solemnidad. No había el menor asomo de sonrisa. La sonrisa es el escondrijo de la malicia. Mientras desviaba la vista hacia el suelo, la hermana Enma dijo: –amén!
Dentro de las cuatro paredes de la estrecha habitación que servía de hogar a los tres, antes era Rosalba quien por las noches escuchaba gemidos provenir de la cama de Enma. En adelante sería Enma quien escucharía gemidos provenir de la cama de Rosalba. Enma no se mortificaba por ello, pues desde mucho antes, a través de la atenta mirada del hermano Noldo, observando cotidianamente la indetenible y hasta cierto punto voluptuosa maduración del cuerpo de la pequeña Rosalba, esa nueva situación, también a ella le había sido previamente revelada.

Desde muy chico el hermano Noldo aprendió a evitar en lo posible la risa. De el modo de ser de su padre, y de su abuelo, había entendido que la solemnidad y el semblante serio, carente de risa, protegen y dan poder. Pueden proteger del hambre, y dar el poder de ser creído y obedecido.
En aquel tiempo que no había qué comer en la despensa de la casa paterna, recorría el campo y las calles de la ciudad en busca de un quehacer remunerado, con tal solemnidad y seriedad en el semblante, que el hambre terminaba por ausentarse de su estómago, y las personas con las que conversaba, no se atrevían a poner en duda la autenticidad de cuanto él hablaba.
La solemne carencia de risa obró en él el milagro de, sin ayuda de nadie, aprender a leer en la biblia. Fue como si las páginas del libro sagrado le hablasen. De esa manera le fue revelada por primera vez la palabra de dios.

Ayudado de Enma y Rosalba hizo el censo de la totalidad de ovejitas que el señor había puesto en su redil. Eran mil quinientas. También Moisés hubo de censar primero las que fueron puestas bajo su guía, antes de conducirlas en éxodo hacia la tierra prometida.
No existe noticia de que en aquel tiempo los conducidos hubieron de pagar alguna cantidad de dinero por el derecho de sumarse a la marcha; mas hoy los tiempos han cambiado, había necesidad de cobrar una cuota de doce dólares por cabeza, no en calidad de compra de la tierra, sino en calidad de costos correspondientes a los trámites que habíanse de gestionar.

Cuando hasta los recién nacidos de las poco más de mil quininientas ovejitas del pastor Noldo hubieron pagado doce dólares por cabeza, se puso en marcha el éxodo hacia la tierra prometida.

Hemos dicho antes que los tiempos han cambiado, de modo que ésto no se dió como una gran marcha a través del desierto, durante cuarenta años, como fue para los seguidores de Moisés. A los del hermano Noldo bastaron unos cuantas horas para alcanzar la promisoria tierra; y lo hicieron a la manera guerrillera, en pequeñas tandas, y por diferentes rumbos, a las que en llegando se les asignaban un poco más de sesenta metros por familia, cuyos límites eran marcados con estacas. Vinieron gentes de todo el país, de los mismos lugares a donde el hermano Noldo había llegado llevando en la mano la luz de las sagradas escrituras.

Como si la noche anterior hubiesen arribado las hordas de Atila subrepticiamente, amaneció el extenso predio, en mitad de la zona industrial convertido en un vasto campamento levantado con materiales precarios; y ya bautizado como “Asentamiento La Navidad”.

El revuelo fue inmediato en los más altos círculos del gobierno, pues no pocos de sus prominentes miembros eran socios accionistas de la la financiera Bienes Raíces SA de CV. Absolutamente imposible permitir que la propiedad privada sea violentada de ese modo! Sobre todo cuando está valorada en muchos millones de dólares! Sería el caos! El principio del fin de todo ordenamiento civilizado! El comunismo en estado puro!

El asunto se trató con el carácter de repentina crisis de seguridad nacional. Algo asi como sufrir el inesperado asedio de un ejército desconocido. El gobierno se declaró, sin que lo advirtiera la prensa, en reunión permanente. Se formó un Estado Mayor General de Crisis, y despertaron de su letargo los estados mayores de ejército, de policía, el Estado Mayor Presidencial; y cada uno de ellos presentó su táctica y estrategia a seguir.

Llegado el veinticuatro de diciembre los acampamentados aún enfrascados en la organización de el asentamiento, entre jornadas de trabajo, oraciones y vigilias, decidieron hacer un alto en las labores para deliberar acerca de la mejor manera de celebrar la Navidad. Necesitaron la opinión del hermano Noldo… Donde está el hermano Noldo…? Quién le ha visto…? Pregunten a la hermana Enma…! La hermana Enma no sabe donde está el hermano Noldo…! Tiene varios días de no aparecer por el campamento! De seguro debe estar enfrascado en alguna tarea importante, de esas tareas en las que él es imprescindible….! Ya aparecerá…!

La pobreza les empujó a que se decidieran por celebrar la navidad elaborando tamales pisques (sólo maíz, sin carne). Desde distancias lejanas tuvieron que acarrear el agua, pues el predio no era otra cosa que tierra reseca y árida. Desde esa misma distancia tuvieron que acarrear la masa de maíz, y todo tipo de maderos para encender fogatas. Ante la carencia de hojas de huerta recurrieron a envolver los tamales con papel aluminio. Al caer la tarde, encendieron muchos fuegos, colocaron sobre las hogueras grandes calderos repletos de tamales y los pusieron a hervir.

A todo esto, los estados mayores gubernamentales ya había logrado introducir los primeros espías confundidos entre los mismos acampamentados, y logrado colocar el primer cerco alrededor del campamento con policías vestidos de civil.
Pero no sólo eran policías los que estaban formando un círculo alrededor de los acampamentados. También habían curiosos atraídos por el fenómeno, y algotros extraños que pugnaban por conseguir espontáneamente, sumarse al asentamiento, para también ellos escapar a la crisis habitacional.

Los espías infiltrados, orquestaron su primer ataque psicológico. Hicieron correr el rumor que el gobierno pensaba desalojar a los usurpadores, al filo de la media noche cuando el estruendo de los petardos navideños estuviera en su apogeo…!
Se vieron en la necesidad de consultar al hermano Noldo. Qué hacer ante un eventual ataque…? Dónde está el hermano Noldo…? Aún no aparece el hermano Noldo!… No es demasiado extraño. También Moisés hubo de retirarse a Meditar, mientras el pueblo celebraba la fiesta de la acción de gracias.
Pensaban convidar con tamales a los policías del cerco, para ablandarles el corazón. Pero quiénes de esa otra multitud que rodeaba el campamento eran policías y quiénes no lo eran…? Qué hacer…? Hay que consultar al hermano Noldo, pero el Hermano Noldo sigue sin aparecer.

Pocos minutos antes de la media noche, mientras deliberaban acerca de la mejor manera de actuar, un cometa zurcó el cielo por el oriente. Los acampamentados vieron en ello una señal, y ante la imposibilidad de diferenciar quiénes eran policías y quiénes no, se lanzaron a convidar con tamales a todos aquellos que formaban un anillo espectante alrededor del campamento. Eran tantos o más que ellos mismos! Los acampamentado se quedarían sin comer!… Dónde está el hermano Noldo hay que consultar a él qué hacer en este caso…! El hermano Noldo no aparece aún…!

En aquel tiempo, cuando el pueblo buscaba desesperadamente a su guía, repentinamente desaparecido, era el momento preciso que dios entregaba a él, las tablas de la ley.

Mientras repartían los tamales que habían elaborado, a la otra multitud que formaba un anillo alrededor de ellos, los hijos de los acampamentados gemían de hambre.,

En ese mismo momento, a unos tresmil kilómetros al norte de ese lugar, frente a un enorme árbol de Navidad profusamente iluminado, a la entrada del “Hotel de la Frontera” en la ciudad de Tijuana, aparcaba un autobús proveniente de Ciudad de México. El hermano Noldo y Rosalba descendieron a tierra mezclados entre los pasajeros. Se inscribieron como huéspedes, el hermano tomó posesión de las llaves de la habitación, luego se encaminaron al restaurante del hotel. Mientras esperaban les sirvieran la cena, él trataba de mentalizar a la joven acerca de que al siguiente día cruzarían la frontera hacia el norte, ocultos en el interior de un furgón cargado de mercadería. Eso no le preocupaba mucho a Rosalba. Con la mentalidad de niña que aún persistía en ella, volvió a hacer la misma pregunta que por enésima vez dirigía a él, y que el hermano Noldo, con toda paciencia contestaba, en el mismo sentido, pero cada vez en una versión diferente.
–Porqué no nos quedamos con mamá y los otros hermanos en el Asentamiento La Navidad? –preguntó ella.
–En la vida, cada hombre o mujer, o cada grupo de seres humanos tiene su particular éxodo hacia su particular tierra prometida –dijo él–. Ellos tuvieron ahí el éxodo de sus vidas hacia su tierra prometida. Y nosotros vamos aquí en nuestro propio éxodo, hacia nuestra propia tierra prometida.

–Amén! –contestó Rosalba, según le había enseñado su madre desde muy pequeña, a contestar las exortaciones del hermano Noldo, y sin embargo, seguía sin entender. Se llevó la mano derecha al vientre. Algo se movió en el interior de ella. Sintió que un dejo de ansiedad le invadía al recuerdo de su madre, pero a la vista del otro árbol adornado con foquitos de colores que había en un rincón del restaurante, se obsequió con un pequeño hálito de alegría.

lunes 26 de noviembre de 2007

Nigromante

Al reverendo y a los dos soldados que se negaron a interrogar bajo tortura a la mujer que el gran tribunal había puesto en sus manos, se les encarceló acusados de desobediencia. Fueron sustituidos por el reverendo Friedrick Rute, de comprobada perversa misoginia, y dos psicópatas condenados a muerte que a su vez, esperaban su turno al patíbulo.

En su declaración, aquellos manifestaron que habiendo despojado de sus vestiduras a la mujer, para dar comienzo a la faena, cayeron en la cuenta que no era una diabólica bruja a la que iban a maltratar, sino a la mismísima madre de dios. No se atrevierona a revelar al tribunal que, una extraña fuerza les obligó a caer de hinojos ante la desnudez de la mujer. Le besaron los pies y le pidieron perdón con lágrimas en los ojos. Ella les miraba con una compasión infinita. El tribunal les envió a la cárcel, bajo el reconvenimiento que María no fue madre de dios, sino madre de el hijo de dios. En el tribunal, el incidente no hizo otra cosa que aumentar la presunción de culpabilidad sobre la acusada.

Por fin, el 18 de junio de 1782, después de repetidas sesiones de interrogatorio que duraron días y noches, fue decapitada la bruja de Seenwald, en la comuna helvética de Glaris, de confesión reformista. Se le acusó y juzgó por colocar, furtivamente, agujas en los alimentos, de provocar que vomitaran agujas, y de provocar extrañas enfermedades; todo ello en perjuicio de Anne Miggeli, y Susanna Tschudy, dos de las cinco niñas, que tenía a su cargo como sirvienta en casa de esa familia. Le denunció ante el alto Domstol (tribunal), su patrón, el médico Johann Tschudy, quien mediante un extraño relato, refirió los hechos acusatorios con un lenguaje no del todo coherente, según aclaró en su testimonio, a causa de la misma maléfica influencia de la maldita bruja.

Ni el lenguaje, ni el relato son exclusividad del ser humano. Hay en la naturaleza, entre otros, el lenguaje de los delfines, los relatos de las abejas exploradoras, y los relatos de los grandes simios, que asemejan en mucho los relatos de los bebés de seres humanos.

Pero desde la perspectiva puramente humana, el relato no es un género literario, sino la cualidad que existe para interactuar con otra cualidad que es el lenguaje. El origen del lenguaje responde a la necesidad humana de relatar. El más insignificante de los seres humanos ha nacido al mundo para, cotidianamente relatar y ser relatado por sus semejantes. De ahí que las diversas formas del relato escrito, no deberían servir para exacervar el alter ego de los autores que se enriquecen a partir de ser ungidos por un príncipe, por un rey o por un poderoso editor.

Un asunto, cada vez que se relata coloquialmente o en forma escrita, recrea el arte de las muñecas rusas: queda circunscrito en el marco de un relato anterior, parecido pero distinto. Es decir, el asunto se vuelve un relato encerrado dentro de otro relato, y éste a la vez encerrado dentro de otro relato, y éste de otro, y de otro, y de otro, y así sucesivamente, tendiendo al infinito. Los más palurdos de mis compatriotas, observan el fenómeno y le llaman ”chambre” (chisme).

No hay aún consenso entre los filósofos de la filología, alrededor de que cada vez que se relata un asunto, se purifica o se corrompe. Muchos de estos filósofos, sobre todo los cientificistas, niegan la existencia de este fenómeno, y también lo niegan no pocos galardonados escritores monárquicos. Atribuyen el postulado a un intento de serruchar el piso del puesto que ocupan en el mercado de las letras.

Lo cierto es que Anna Goldin era una mujer tímida, cuya silueta, estatura y grandes ojos grises, atraían poderosamente la mirada de hombres y mujeres, tal que la humildad tallada en ella por doscientos años de reforma, le aconsejaba no esmerarse tanto en cuidar de su apariencia, para poder pasar lo más desapercibida posible entre sus coetáneos; consejo que siguió sin dificultad, porque pertenecía a la clase más pobre de la muy orgullosamente antimonárquica, aunque súbdito de la reforma, comuna Seenwald, cantón San Galo, distrito Werdenberg, en plena Helvetia, al pie de los montes Alpes.

Los que se rigen por la astrología creen ver en el mismo año que nació la Godin, presagios: en 1734 es derrotada Austria por Montemar en la batalla de Bitonto. En consecuencia España recupera Nápoles, y se reaviva la caza de brujas, tanto en las regiones reformadas, como en las católico romanas.
Este mismo año nace Caspar Wolf, quien va a rescatar de las garras inquisitorias, la nueva ciencia de la embriología. Se publican las obras de Voltaire.
Pero este mismo año también se dejan ver hechos funestos: muere Johann Dippel, quien asimismo había rescatado de la hoguera, las ciencias químicas; y mueren Giovanni Ceva y Richard Cantillón que habían hecho lo propio con las matemáticas y la economía.

Con ciertos trucos de ventrolocución, descubiertos por ella propia, Anna Goldin aprendió a distorcionar el tono de su voz, porque descubrió que el auténtico timbre que salía de su garganta causaba un efecto narcotizante en quienes conversaban con ella, y les predisponía a cierta dependencia, de modo que de la primera vez que le escuchaban en adelante, con los pretextos más futiles, las gentes, en particular los hombres y los niño, buscaban intercambiar palabras con ella, por el sólo hecho de percibir la vibración de sus cuerdas vocales.
Del mismo modo evitaba a toda costa el contacto visual con sus interlocutores (sus ojos eran grandes, muy grandes, y brillantes. Cuando se concentraban en un objeto, sin perder su serena belleza, parecían salirse de sus cuencas; sus pupilas hermosamente grises se dilataban y contraían como las pupilas de una gata en cacería). El contacto visual de Anna Goldin causaba en sus interlocutores un efecto hipnótico, mediante el cual, ella, si quería, jugaba el papel de madre, cariñosa o autoritaria; y quien o quienes interactuaban con ella, se predisponían al papel de chiquillos obedientes, caprichosos, o bien, sumisos, según ella lo insinuara. Era un juego que ella, en lo posible, evadía, y por eso rehusaba mirar directamente los ojos de quienes con ella conversaban.

Las palmas de sus manos, poseían el don sedativo y curativo; pero muy pocos sabían de ello, porque a la misma Anna Goldin asustaban sus particularidades, le llenaban de temor y humildad, no le interesaba dinfundirlas. Poseía también el don del convencimiento; los pocos que conocían sus dotes, guardaban con ella, el secreto.
Y los pocos que tuvieron alguna vez el privilegio de poseer su cuerpo, besarle la boca, o simplemente, atestiguar alguna vez su desnudez, jamás volvieron a recuperar el equilibrio emocional, para siempre.

Trabajando como sirviente, dio un hijo ilegítimo al rico comerciante Jakov Rhodumer, estando al servicio de su casa. Este fue arrastrado por la ruina cuando Anna Goldin dejó ese empleo, para pasar a servir en casa del jurista Karl Zwicky, a quien dio dos hijos asimismo ilegítimos. Zwicky cayó en la locura cuando la Goldin dejó su casa para pasar a servir en la del médico Johann Tschudy, padre de cinco niñas, quien la sedujo con la promesa de una mejor paga.
Era el tiempo en que la nigromancia, la presdigitación y la medicina, significaban para no pocos médicos, ramas de una misma raiz, por lo que Johann Tschudy, en potencia, era capaz de aparecer y desaparecer objetos a voluntad, de y en los lugares más inverosímiles. De el oído de un niño, podía, por ejemplo, si alguna vez hubiese querido, extraer un huevo de gallina, una moneda de papel, o de metal; o cualquier otra cosa…

De las prácticas nigrománticas y presdigitadoras de Johann Tschudy, sin embargo, ni sus pacientes, ni sus hijas, ni su misma esposa, eran sabedores. Tal circunstancia se deduce de el hecho que el Tagsatzung (parlamento de confesión reformista), del Orte (la ciudad), con el objeto de separar la superchería de la medicina, y redimir esta ciencia a favor de la reforma, castigaba tales prácticas con la hoguera.

De las cinco hijas de el médico, la sirvienta cobró un mayor afecto por Anne Miggeli y Susanna, (ocho y siete años, respectivamente). Se dedicaba a ellas con el fervor de una madre.

A Johann Tschudy comenzaron a posesionar extraños espíritus, desde que Anna Goldin se mostró invulnerable a los conjuros nigrománticos que él lanzaba hacia ella desde cualquier rincón de la casa, incluso penetrando, amparado por las sombras de la noche, a la misma alcoba de la sirvienta, con el propósito de sujetarla a su entera voluntad.

De el nigromante enamorado, perteneciente al culto negro, se posesiona el espíritu del odio ante una personalidad femenina indiferente a sus conjuros. Si esa personalidad se muestra superior a su propio poder, le estigmatiza como peligro inminente. Y si ésta demuestra preferencia sentimental hacia otro hombre, entonces del nigromante se posesiona el espíritu del feminicidio.

Según la nigromancia negra, la muerte no es castigo, sobre todo cuando sucede en ausencia de sufrimiento; el castigo está en la agonía prolongada y dolorosa.

Cuando Anna Goldin, exenta de todo atractivo sentimental hacia su patrón y atemorizada por aquel extraño comportamiento, hizo saber a éste que dejaría el servicio de su casa para pasar al servicio de Klavsen Eschen, también médico y más joven que él; fue entonces que de Johann Tschudy, se posesionó el espíritu del feminicidio.

lunes 19 de noviembre de 2007

Hipotermia

A primeras horas de la mañana, en un lugar desierto, matizado por graznidos de aves salvajes y lejanos aullidos de lobos, al pie de la montaña Bieszczady al lado de Ucrania, el hombre, de nacionalidad chechena, como ella, detuvo el vehículo, se apeó, rodeó por la parte delantera, abrió la portezuela y dijo a Kamisa (treintiseis años), que viajaba en el asiento copiloto llevando en brazos a su hijo Mahomet de dos años de edad: –aquí es! Coge tus cosas y comienza a caminar que el camino que tienes por delante no es corto!
Luego abrió la portezuela de la parte trasera y dijo a Xaea, Ceda y a Elina (trece, diez y seis años respectivamente, hijas de Kamisa): –vamos niñas! Se acabó la parte divertida del viaje! A caminar se ha dicho!

–Pero qué es ésto!? –protestó Kamisa–. Esto es una montaña desierta! Cómo nos vas a dejar abandonados en este sitio!? El trato fue que nos llevarías a la frontera de Eslovenia!

–No querrás que te lleve al puesto fronterizo para que te atrape la policía? La línea pasa exactamente por la parte media de esta montaña. La cruzas y estarás en territorio esloveno, en donde podrás hablar ruso y comerciar con rublos! Atraviesas Eslovenia y llegarás a Austria, que es a donde quieres llegar ! Todo lo que tienes que hacer es comenzar a caminar de inmediato para que no te anochezca en el camino. Eso sí! Tienes que caminar en línea recta, pues si te desvías al norte, estarás en Polonia, y si al sur, en Hungría o Bulgaria. En esos lugares te servirá de poco el ruso, menos la lengua chechena!

El viento soplaba con fuerza; tiritaban. Los charcos del suelo habían amanecido convertidos en hielo. A excepción del hombre que llevaba una gruesa chaqueta, la mujer y sus hijos vestían en ese lugar, ropas de verano.
Kamisa se sentía estafada, pero no lo dijo. Decirlo, sólo complicaría las cosas. Dudó poder con el cometido de alcanzar Eslovenia a través de una montaña desconocida. En el trato que había hecho con los contrabandistas, a los que había pagado dosmil euros, se habló de vadear el puesto fronterizo, pero no de atravesar montañas.

–Prefiero regresar a Moscú –dijo.

–Como quieras, pero el viaje desde este lugar a Moscú vale mil euros! Con qué pagarás? Yo no soy de los que cobran con sexo! Además, en este momento no me dirijo a Moscú, sino a Kiev. Y vamos! Abajo de una vez, que yo también debo darme prisa! –dijo el hombre.

De pie frente a la montaña, mientras el auto se alejaba del lugar y sus hijos la miraban interrogantes, tiritando de frío, pero en silencio, revisaron sus pertenencias: una segunda mudada de ropa veraniega para cada uno de ellos, un paquete de galletas, una botella con agua y unos cuantos caramelos. Entonces dudó Kamisa de su propia cordura, pero antes que le invadiera el pánico, ordenó a los chicos, colocarse sobre la ropa que tenían puesta, la segunda mudada que llevaban en unas bolsas de plástico. Acto seguido se internaron en la montaña.

Al principio el bullicio de los niños y la juventud de la madre, recordaban una excursión escolar, dirigida por una maestra, pero a medida que transcurrieron las horas y se agotaron las galletas, la marcha se volvió penosamente lenta, y la algarabía de los niños se transformó en intermitentes quejidos desembocados en llanto. Kamisa no debía llorar, pero en su cabeza percutía una especie de mantram: –estoy loca…?… No, no estoy loca…!… Estoy…? No estoy loca…!… Claro que no estoy loca… Joder…!

–Hacía altos, volvía a ver hacia atrás para asegurarse que avanzaban en línea recta, y seguía caminando, llevando al pequeño Mahomet en brazos. Las chicas le segúian tomadas de la mano en fila india. Cruzaron un pantano que les cubría arriba de los tobíllos. Cuando salieron de él, Elina, la menor de las niñas había perdido los zapatos. La marcha se hizo más lenta aún. Elina lloraba inconsolable, pero seguía caminando. A ratos, Xaea, la mayor la cargaba sobre sus espaldas.

Cuando el sol comenzó a acercarse al horizonte les envolvió una niebla lechosa que le hizo dudar si caminaba en línea recta, pero Kamisa no quiso detenerse porque necesitaba desesperadamente encontrar un ser humano, antes que cayera la noche. Pero la noche cayó sin el menor signo de vida humana. El viento y el frío arreciaron.
A tientas se arrimaron a una gran roca. Hicieron un nido de musgos y helechos a sotavento de la roca, y se acomodaron muy juntos haciendo un solo haz con sus cuerpos. El hambre, el agotamiento y el frío les concedieron a los chicos la gracia de traerles el sueño, sin muchos contratiempos.

Sólo Kamisa no podía dormir. Era la única que meditaba:
"Al comenzar la primera guerra nacía Xaea, su hija mayor. Vistos los ataques aéreos sobre Grozny desde Shali, la guerra no llegó a asustarle. –El paisaje era similar a una ruidosa celebración del año nuevo. Las guerras como las catástrofes, hace aflorar la solidaridad entre los vecinos. Fue hasta que las bombas destruyeron su casa y los escombros cumplieron un año sin ser removidos. Fue hasta que se cumplió el primer año de hambruna, cuando ella, la soñadora Kamisa, pensó por primera vez en huir hacia el occidente; se lo dijo a Tzohair, su marido, pero él entendía la política, confiaba en la futura prosperidad de Chechenia, cuando la lucha cesara, y no secundó la idea".

Kamisa sin embargo, no entendía la política:
”Un día Dudayev, que era moderado y dialogante dejó de ser querido por los rusos, se convirtió en el enemigo a batir, y lo mataron. En las nuevas elecciones se eligió a Masjádov, tan dialogante como Dudayev, y como él, primero querido y después odiado por Moscú. Moscú entonces eligió su propio presidente al más viejo de los Kadyrov, que antes fue su enemigo. Surgieron entonces dos gobiernos y prendió la segunda guerra. En esta segunda guerra, los que antes eran amigos hoy son enemigos y viceversa.
Nadie sabe quién mató a Kadyrov el viejo, como tampoco se sabe quién envenenó a Anatoli Popov; y los rusos mataron a Masjádov. Hoy hay un sólo gobierno central, cuyo presidente es el más joven de los Kadyrov, antes enemigo y hoy amigo de Moscú, y hay muchos pequeños gobiernos por todo el territorio checheno. Unos de esos pequeños gobiernos empeñados en llevar la guerra a Moscú, y otros de ellos empeñados en establecer la teocracia en Chechenia. En fin, hay muchos dirigentes y gobiernos en mi país, lo que no hay es paz, ni pan, ni algún otro modo de ganarse la vida, que no sea al servicio de uno de los muchos señores de la guerra; cada uno de ellos con un proyecto de país, radical y belicosamente distinto a los proyectos de los demás”.

A quién dirigía tanto razonamiento Kamisa, tumbada entre sus hijos, hambrienta y tiritando de frío, enmedio de una montaña oscura, desconocida y helada?
Razonaba para ella misma, para alejar de su cabeza la sospecha que estaba loca.

Amaneció. A instancias de Kamisa, el grupo reanudó la marcha. La niebla seguía densa, la visibilidad era poca, para matar el hambre y la sed, comían los pimpollos de ciertos helechos insípidos. Anduvieron gran parte del día, y cuando ya no pudieron más, se detuvieron a descansar en un lugar que les pareció familiar. Era el lugar donde habían pasado la noche anterior. Por largas horas habían descrito un enorme círculo que les llevó al mismo lugar de partida. Kamisa se sintió aterrorizada, pero no dijo nada, para que no cundiera el pánico.

Entre los primeros signos de la hipotermia están la pereza mental y una somnolencia seminarcótica. Los chicos tirados en el nido, abrazados unos a otros, apenas tenían fuerzas para gemir debilmente. Ella andando como sonámbula, recogió aún más musgos y helechos de los alrededores, y cubrió a sus críos para protegerlos del frío. Descansó un breve momento. Luego tomó al pequeño Mahomet, lo cargó en su regazo y dijo a las chicas: –no se muevan de acá eh! Mamá regresará pronto con algo de comer!
Las chicas apenas la oyeron, sumergiéndose poco a poco en el sopor de la hipotermia, asintieron débilmente, y le dijeron adiós, viéndola partir envuelta en brumas, con una extraña sensación de lejanía. La idea de Kamisa era explorar los alrededores en busca de ayuda y regresar al rescate de sus hijas.
Le llevó una cuantas horas bajar una prolongada pendiente y subir una colina. Al otro lado de la colina descubrió una vereda como hecha por el paso de personas y ganado. Caminó hacia allí, se colocó sobre la vereda, y avistando los alrededores, hizo un esfuerzo por intuír en qué dirección debía de caminar. El esfuerzo fue demasiado. Sufrió un mareo que la tiraba hacia el suelo, pero se cuidó de dejarse caer suavemente, acunando contra su pecho al pequeño Mahomet.

El tenue sol estaba por buscar refugio, una vez más tras la lechosa y difusa línea del horizonte. Los montañeses que encontraron a madre e hijo, lograron reanimarlos a base de leche caliente y pan, entonces, ya entre las primeras tinieblas de la tarde y ayudados de linternas, pudo ella conducirlos hasta el lugar donde había dejado aguardando a las chicas. Las encontraron rígidamente abrazadas unas a otras, bajo un grueso manto de musgos y helechos. La hipotermia había paralizado en ellas el aliento, el cerebro y los latidos del corazón. Kamisa lloró con dignidad, calladamente; y cuando pudo decir algo, dijo: –oh hijas mías! Os traje a morir a Eslovenia!

–No señora –le corrigió, enteramente conmovido y con todo respeto, uno de los montañeces–, estamos en Polonia, no en Eslovenia.

lunes 12 de noviembre de 2007

Falso profeta

I

Cada ser de la naturaleza tiene su forma de llorar. A Bokito le basta un solo suspiro, una sola lágrima, un leve gemido, para haber llorado desesperadamente. A pesar que nunca le faltan alimentos, agua, suficientes, y una guarida tibia; en el transcurso del tiempo con mayor frecuencia, se separa breves lapsos de sus tres compañeras y su triple prole para llorar en soledad. Otras veces veces mientras alguna de las hembras le espulga los lomos, o los gorileznos utilizan su cuerpo como tobogán le asalta de improviso, el llanto.

Las tres hembras y los tres críos le perciben cada vez más uraño, y más irascible…Ellos no conocen más allá del tibio refugio que les ofrece el parque zoológico de Rotterdam. Ellos no conocen la selva, no saben lo que es la sensación de libertad; pero Bokito no nació en cautiverio, y el grito de la selva no le deja dormir.

Hay un sueño recurrente que le roba el sueño: un universo vegetal donde él va cabalgando sobre los lomos de su enorme madre. En ese sueño, él no se llama Bokito, como le bautizaron sus carceleros; sino Tam Tam –en el lenguaje de los grandes simios: el osado–, como se dió en llamarlo su progenitora.

Porqué hay siempre muchos ojos que le miran tanto…? Es como si cada uno de los vegetales de la selva hubiese cobrado forma humana e hiciesen de él y su familia el centro de la atención.
Muchos de esos ojos le miran con curiosa morbosidad, otros al verse asimismo bellos y a él feo, se burlan y le escarnecen, algotros agradecen que tales monstruos estén prisioneros antes que en libertad. No pocos religiosos advierten a sus acólitos que esas formas humanoides son consecuencia de un castigo divino. No hay nadie de los que se acercan a mirarle, que no le vea con aire de prepotente superioridad… Es muy raro que algunos de esos ojos le dirijan una mirada filial, ni siquiera los niños, porque los niños van perdiendo la inocencia, en la medida que la sustituyen por el germen de la corrupción que les inoculan los adultos. No pocas veces es en los ojos adultos que ha visto Bokito el deseo de lanzar, a su familia, piedras, y en los niños ha visto la realización de ese deseo.

Los grandes simios suelen ver el reflejo de la muerte en la profundidad del agua, y en lo posible evitan los lagos, los ríos profundos y los estanques; por eso a los diseñadores del parque zoológico de Rotterdam bastó construír un profundo estanque alrededor del nicho levantado para Bokito y su cohorte, y en el límite exterior del estanque una leve valla, para asegurar que la familia simio se mentuviera dentro de los límites de sus dominios.

No sólo los humanos observan curiosamente a Bokito y su familia; también Bokito les observa a ellos. El busca entre esos ojos que sospecha hermanos de sus propios ojos, un camino hacia recuperar la libertad y la selva, perdidos; pero sólo ha encontrado burlas estólidas, risas sin sentido, gestos morbosos, y al caer la tarde, de nuevo la soledad.


II

A sus cincuentisiete años, y a partir de el peso que cobró la influencia ideológica del nuevo papa, sintió Petronella en su fuero interno, la necesidad de refutar, punto por punto, los asuntos centrales de la teoría de Carlos Darwin en lo concerniente a que el hombre es pariente de los simios. Y para inspirarse de argumentos se dió a visitar hasta cuatro veces a la semana a la familia gorila del zoológico de Rotterdam; y también para matar el tiempo. De esa manera el tiempo se hacía más corto, esperando que el esposo llegara del trabajo.

Se plantaba Petronella frente a Bokito y le sonreía. En el lenguaje de los grandes simios, el que una hembra muestre los dientes a un macho, según la posición que tomen las comisuras de los labios, puede significar hostilidad o interés sexual. Se conmovió profundamente Bokito de el gesto de Petronella, porque en el gesto de esa hembra podría anidar el primer paso hacia la libertad; el retorno a la selva.

Cuando el guarda que advierte al público no dar de comer a los animales se descuida, lanza cacahuetes Petronella a Bokito, y éste los acepta encantado.
En el lenguaje de los grandes simios, el que una hembra comparta su comida con un macho, es muestra que está dispuesta a compartir con él un mismo destino.

Cacahuetes, sonrisas, y algotra chuchería hasta cuatro veces por semana, creó cierta complicidad entre Petronella y Bokito, que éste vivía con la apasionada intuición que no todo era hipócrita escarnio entre los seres humanos, y que se le revelaría de algún modo el camino de regreso hacia su orígen montaraz.

Rasmus no era interesado en teología ni en zoología. Esa tarde de mayo, acompañó a su esposa Petronella al parque zoológico, simplemente para distraerse en su día libre.

Esa tarde Bokito no tuvo sonrisas. Petronella temía hacer el ridículo frente a Rasmus, sonriéndole a un simio. Tampoco tuvo cacahuetes, porque Petronella no quería contrariar a su esposo, fiel observante de las reglas (no dar de comer a los animales). Es la observación de las reglas lo que ha llevado a los Países Bajos hasta el lugar que hoy ocupan. Tampoco pudo Bokito alimentar su esperanza en el glauco reflejo de los ojos de Petronella, pues ella se ocupaba más de buscar el contacto visual con Erasmo mientras conversaban, de otras cosas totalmente alejadas de gorilas y teólogos.

Cuando los esposos le dieron la espalda tomados de la mano, con total indiferencia; tuvo la sensación Bokito de que en el mundo de los humanos volvía, a prevalecer la hipocresía, el engaño, la mentira; entonces hizo caso omiso al reflejo de la muerte en el estanque, se lanzó a él y lo cruzó a nado, alcanzó la orilla opuesta, saltó a tierra, superó la leve valla que separa al público y saltó sobre Petronella que cayó al suelo. Cuando Bokito vio a Rasmus alejándose a toda carrera con el espanto reflejado en el rostro, supo que la batalla estaba ganada. Arrastró un tramo a Petronella tirándola de los cabellos, y luego con sus cientoochenta kilos de peso, brincó sobre ella pisoteándola brutalmente, le mordisqueó todo el cuerpo, y luego la abandonó y se dirigió a la cafetería. Cundió el pánico entre los comensales. Una mujer intentado escapar, cayó de bruces rompiéndose la cadera. Al momento de ser acorralado y adormecido con un dardo sedativo por los guardas, un empleado del zoológico que se topó con él sufrió un desmayo. Al caer al suelo se golpeó la cabeza hasta la conmoción cerebral.

En el lenguaje de los grandes simios, de la misma manera como Bokito procedió con Petronella, se castiga, de las hembras, la infidelidad y la hipocresía

El veinticuatro de mayo del año 2007, todos los afectados se encontraban retenidos en diferentes salas de recuperación. Recluido en una jaula especial de observación, de Bokito se pretendía obtener la certeza que no estaba padeciendo de alguna psicosis irremediable. Mientras tanto en su lecho, Petronella, con los brazos en cabestrillo y vendada de las costillas, se ocupaba en diseñar mentalmente los términos de la demanda legal que interpondría en contra del parque zoológico de Rotterdam, por daños y perjuicios; segura que entre tales monstruos y el ser humano, no existe mínimo grado de parentezco alguno. El papa era sincero y tenía la razón de su parte. Carlos Darwin era el falso profeta, el iluso, el gran equivocado.

lunes 5 de noviembre de 2007

Las dormilonas

I
H
artado de matar a los suyos y de morir a manos de los propios, todo, para la gloria de un tirano, huyó Majid Hussein, agente de los servicios especiales. Voló hacia el norte, llevando consigo importantes secretos que hubieren servido, para que el jefe de Estado acrecentara su ya ilimitado poder.
Meses más tarde fue encontrado su cuerpo, troceado en cuarentiocho pedazos que estaban repartidos en dos maleteros de viaje, en las afueras de la capital de Suecia.


II
E
l tirano mandó llamar a su presencia al edecán para asuntos confidenciales y le dijo: –necesito una mujer…

–Para esta noche?

–En cuanto más pronto, mejor.

Siendo una tarea habitual, sobre la cual tenía harta experiencia, consideró el edecán no necesitar más, y pidió permiso para retirarse.

–Espera! Esta vez necesito describirla! –le dijo el dictador.

El edecán aguardó en sumisa obediencia.

–Tiene que ser, sumamente inteligente y astuta como una zorra; fría y calculadora como una serpiente; agresiva y ágil como una tigra; y carente de escrúpulos como una hiena….

El edecán volvió a hacer el intento de pedir permiso para marcharse.

–Espera! –volvió a decir el jefe de Estado–. Esto es muy importante: esa mujer tiene que ser terriblemente bella, irresistiblemente seductora e insinuante como una virgen perversa!… Comprendes?

–Oh señor! –respondió el edecán–, puesto que por la misma acción de tu justa mano, se ha creado en nuestra sociedad una cultura y una moral tan contraria a la personalidad que me describís, me veré obligado a buscar esa mujer en el extranjero, en alguna nación de bárbaros!

–Búscala en los prostíbulos del país!

–Habeis olvidado poderoso señor que por las mismas sabias leyes por vos dictadas, hemos erradicado de nuestra nación, absolutamente, todos los prostíbulos, y prohibido todo comercio de carne de mujer?

–Y tú! Me tomas por un idiota? Que no estoy al tanto de que eres tú el regente de la más vasta red de prostíbulos clandestinos de la capital ……..?
Ahora vete y no regreses hasta que traigas esa mujer a mi presencia! Y que sea pronto! Esto es un asunto de Estado! No necesito prevenirte de las consecuencias que acarrean en este país las órdenes incumplidas.

El edecán lloraba conduciendo su auto por la avenida central. Conocía una a una, mejor que sus propios padres, a las mujeres que se movían en su red clandestina, y ninguna de ellas llenaba semejantes requisitos. Muchas de ellas eran perversas e inescrupulosas, pero no virginalmente bellas, como el presidente la quería. El llanto del edecán se volvía inconsolable cuando caía en la cuenta que en las señas que el jefe de Estado explicó de la mujer que deseaba, estaba describiendo claramente, ni más ni menos que a su sobrina Yamila al-Shafej, a quien él había ayudado a descubrir los secretos de la sexualidad desde la temprana infancia.

Pero el edecán no sólo era astuto, sino también ambicioso, y comprendió que renunciando a las hechizantes gemas que tenía Yamila por ojos, a su aterciopelada piel, a los embriagantes besos de esos labios de fresa, y a las endiabladas caricias que sólamente ella era capáz de prodigar, aseguraría de una vez y para siempre su futuro, a la sombra del Estado.
No le dió más vueltas al asunto. Pocos días más tarde entraba acompañado de su sobrina, al palacio presidencial.

El jefe de Estado se tomó unas cuantas semanas para conocer a fondo la personalidad de Yamila, para lo cual ella, durante ese lapso fue huésped en el palacio presidencial. Al cabo de cierto tiempo, el tirano, mandó llamar al jefe de los servicios de inteligencia, le presentó a Yamila y la puso bajo su mando. Cuando se hubieron marchado jefe y subordinada, levantó el presidente el teléfono, se comunicó con el edecán diciéndole: –te felicito! Cumpliste a cabalidad con la misión encomendada!

El jefe de la inteligencia, presentó dos hombres a Yamila y les urgió se pusiesen inmediatamente a trabajar.

Poco menos de medio año después de que fueron presentados, el febril trabajo a que se entregaron, llevó a los tres hasta una estación del metro de Estocolmo. Ella se dirigió a Majid que esperaba confundido entre la multitud. Los otros dos observaban la escena desde ángulos diferentes, y a prudente distancia.
Yamila abrió sus grandes ojos marrones y corrió dando graciosos saltitos hacia Majid, que la miraba sorprendido. Se plantó ante él diciéndole: –primo querido! Ya no te acuerdas de mí? –y le tendió los brazos tan seductoramente, invitándolo a un abrazo, tal que Majid no pudo resistirse. La estrechó suavemente hacia sí. La leve esencia de rosas que emanaba del cuello de Yamila, y de su pelo, hizo que Majid no hiciera el menor esfuerzo de liberarse inmediatamente de los enternecedores brazos que le rodeaban el cuello. Al fin, de la manera más delicada que pudo se separó y le dijo: –te conozco?

–Primo Khalev! Khalev al Farid! Soy yóYamila!

–Oh! Cómo me gustaría ser tu primo Khalev! Pero yo soy Majid Hussein!

–No somos primos entonces? –No, no lo somos. –Mejor aún, pues entonces somos hermanos, hijos de la madre Mesopotamia! No te parece? –Sí así es…. Estoy recién llegada! Me siento tan sola! Tan necesitada de hablar mi lengua en este país extraño! Podemos tomar un te en alguna parte? –Por supuesto, ven vamos, salgamos afuera…

La tarde era oscura y fría. El viento soplaba desde todas direcciones, pero no fue capaz de llevarse consigo la esencia de rosas que formaba un halo invisible alrededor de Yamila.

Según el propio plan por ella elaborado, en una primera fase, en cada encuentro, embriagó a Majid con esencia de rosas salvajes, mezclada con aceite de cáñamo de la India, que se aplicaba Yamila en el pelo, el cuello, el pecho y las axilas.
Luego pasó a una segunda fase en la que vertía sobre el té de Majib, calculadas dosis del polvo que resulta de refinar la resina del bulbo de las amapolas. Entonces se volvía Majib un conversador imaginativo, locuaz, incansable, le invadía un placer indescriptible a la compañía de Yamila, y se dió a contar, minuto a minuto las horas que faltaban para la próxima cita.

En el único encuentro en que consistió la tercera y decisiva fase, que sucedió en el interior de la habitación del Hotel Arcadia, en el centro de Estocolmo, vertió ella repetidas veces sobre el te de Majib, crecientes dosis de belladona.

Comprobó que Majid dormía profundamente narcotizado. Tomó el teléfono e hizo una breve llamada. Apenas cinco minutos después, entraban al cuarto del hotel, los compañeros de Yamila.

Unas semanas después de los hechos, el informe entregado al jefe de Estado hablaba de Yamila: ”Con la astucia de una zorra le localizó y con la paciencia de una serpiente aguardó el momento adecuado; con la agilidad de una tigra le tendió la trampa; con su terrible belleza de virgen perversa le sedujo, y con la inescrupulosidad de una hiena, le puso en manos de nuestros vengadores”.

Este informe, debidamente codificado para ocultar la identidad de los protagonistas, y la identificación del teatro operativo, pasó a formar parte de el material obligatorio que los aspirantes a oficiales de los servicios especiales estaban obligados a estudiar.

Sobre los detalles de la operación, el jefe de el servicio de inteligencia, recibió orden del jefe de Estado, que organizara una conferencia sobre el tema, exclusivamente dedicada a la alta oficialidad de la Seguridad del Estado. El jefe de la inteligencia concluyó su conferencia con el siguiente epílogo: –el procedimiento utilizado es para nada privativo de los servicios de inteligencia. En paises como El Salvador, proceden de esta manera seductoras ladronas para desbalijar incautos. Y es tan potente narcótico, la belladona, que la utilizan asimismo en complicidad con perversos cirujanos, para robar los riñones a sus víctimas. En ese país, a este tipo de mujeres les llaman ”las dormilonas”; pero la primera arma que utilizan, tal como en el caso que nos ocupa, es la seducción.

lunes 29 de octubre de 2007

La prueba

Según el reporte policial, Xiomara Lourdes, diecisiete años, quien deja en la orfandad una pequeñuela de un año de edad, fue asesinada cuando salía de su casa, presumiblemente a causa de rencillas personales. Del hecho se acusa a un menor de edad, que esperaba a la víctima en las cercanías del lugar, quien fue capturado por una patrulla que casualmente pasaba por ese sector. Al menor se le decomisó una pistola nueve milímetros con el cargador vacío.

A Walter Argumedo no le daba pereza asistir a la escuela cuando no ayudaba a sus padres, porque quería ser médico. A su tío Nuño no le parecía mala idea, porque en la clica vendría bien un médico. Cuántos bróderes (hermanos), llegan a morir por falta de un médico en la clica!?

Cuando no los acompañaba, acostumbraba Walter regresar de la escuela mucho antes que sus padres terminaran la jornada diaria. En realidad eran tres en una, esas jornadas diarias: vender, huír y combatir a la policía municipal. La misión de la policía municipal es mantener las calles libres de vendedores ambulantes.

Al llegar a casa, muchas veces encontraba Walter a su tío, de rodillas, con las manos metidas en las bolsas del pantalón, rezando oraciones que él mismo conocía, porque son parte del catecismo católico.
En esa época Nuño Argumedo gestionaba su admisión en la academia de policía. Ante la curiosidad del chiquillo, intrigado por el fervor religioso del tío. Este le explicó: –Mirá! Las mismas oraciones del catecismo católico sirven para rezar al diablo. Para ello, en lugar de la señal de la cruz se hace la señal de ”má”, y para que la gente que te observa no se entere, se meten las manos en las bolsas del pantalón –la muy salvadoreña señal de ”má”, es el símbolo de la fornicación, y consiste en cerrar el puño, de modo que el dedo pulgar se deslice entre el índice y el dedo mayor– . Si en lugar de la señal de la cruz, cuando rezás una oración del catecismo, hacés la señal de ”má”, entonces la rogatoria no llega a dios, sino al diablo!

–Y cuál es la ventaja que la rogatoria vaya al diablo?

–Lógico! Para que dios te conceda un favor, debés ser un niño bien portado, hablar correctamente, no decir vulgaridades, no robar, no mentir, no matar pajaritos…., todo lo cual cuesta mucho. Y sin embargo, para que el diablo te conceda algo, nada de eso es necesario, por el contrario, si violás las leyes de dios, te convertís en hijo predilecto del diablo, y te concede favores cada vez más grandes. Te puede volver un hombre inmensamente rico, y te puede dar la mujer que le pidás!

Su mente infantil no le permitió a Walter comprender el porqué puede ser deseable poseer mujeres como utensilios. Y sin embargo, no dejó de parecerle interesante la posibilidad de una alternativa que le condujera a cambiar de mamá, porque la que tenía, le trataba francamente mal. También le interesó la posibilidad de llegar a tener dinero, pues era capaz de entender que la principal causa del mal carácter de su madre estaba en la permante carencia de dinero.

A partir de esas explicaciones, comenzó Walter a llegar más temprano a casa para acompañar al tío en sus oraciones, haciendo la seña de ”má” con las manos ocultas en las bolsas del pantalón.

Visto el interés del chico le dijo el tío Nuño: –te voy a bautizar como discípulo del diablo con la señal del zorro.
Le tomó la mano derecha, se mojó de saliva la yema del dedo pulgar, colocó el dedo sobre el dorso de la mano del chico y lo frotó con mucha presión por largos minutos, hasta que Walter sintió dolor y trató de liberarse. Su tío, mucho más fuerte que él, contuvo asida la mano frotándola con el pulgar hasta romper la epidermis, llegar a la dermis y hacer brotar la sangre. Adolorido pero asombrado, Walter quedó atrapado entre el deseo de acusar al tío ante sus padres y la intriga de haberse iniciado como discípulo del diablo. Optó por guardar silencio.

Una semana más tarde, volvió a cubrirse con epidermis la lesión en el dorso de la mano de Walter, pero el área lesionada quedó como un lunar oscuro e indeleble.

El que Walter no hubo llorado al momento del ”bautizo”, y tampoco le había acusado ante sus padres, le dió confianza al tío Nuño que el chico era leal. Entonces le dijo: –ya estás bautizado, ahora te toca la confirmación!
–Cómo así?
–No me has dicho que querés ser rico? –Sí quiero!
–No me has dicho que querés ser invencible? –Sí quiero!
–Acaso no estás ya bautizado? –Sí lo estoy!
–Acaso no sabés que después del bautizo viene la confirmación? –Sí lo se.
–Querés ser confirmado? –Sí quiero!
–Bueno, no perdamos tiempo, vení para acá. Incate de rodillas con las manos en las bolsas del pantalón como cuando oramos.

Se colocó Walter de rodillas con las manos en las bolsas del pantalón, y el tío Nuño se colocó de pie frente a él.

–Ahora incliná la cabeza, cerrá los ojos y repetí lo que yo diga.

Inclinó Walter la cabeza y cerró los ojos.

–Yó Walter Argumedo…., quiero ser un hombre invencible, poderoso, rico…., y quiero tener la mujer que yo quiera…. Para eso he comprometido mi alma por medio del bautizo…., y quiero ahora confirmar la promesa hecha…. Juro ser leal a la bestia, en donde quiera que yo me encuentre….: en la casa, en la calle, en el hospital o en la cárcel….. Y si algún día no cumplo con mi juramento y flaqueo o traiciono, disponga de mi vida la clica.

Walter repitió las palabras dictadas por su tío, luego intentó abrir los ojos.

–Esperá! No abrás los ojos hasta que yo te diga –dijo Nuño.
Echó mano a la bragueta del pantalón, se sacó el pene y lo puso sobre la frente de su sobrino. Entonces, al ver que Walter no reaccionaba, sin poder contenerse, estalló en estruendosa carcajada.

–Que tonto he sido! Me engañaste como un maje! Oh tío hijueputa! –reaccionó el chico, riendo de mala gana, lanzándole trompadas juguetonas al tío; pero en el fondo se sentía profundamente humillado.

Precisamente era la humillación del chico ante él, lo que el tío Nuño buscaba. Entre los pandilleros como en las jaurías de perros, la humillación es el preámbulo de la lealtad y la pertenencia al grupo.

Cada vez que Walter recordaba la escena, lanzaba inofensivas trompadas al tío.
–Calmate! –le respondía éste–. Son pruebas! Los discípulos deben pasar por muchas pruebas! Vos pensás que ser discípulo del diablo es cosa fácil! No hombre!

–Mañana no vayas a la escuela –dijo a Walter el tío–, tenemos una mirin (reunión) con la clica, y te voy a llevar.

Estando en la mirin, –quién es este cipote? Qué hace aqui? –preguntó el negro Calimán, segundo jefe de la clica. Nuño era el primero.

–Es mi sobrino! Ya lo tengo iniciado –respondió Nuño.

–Entonces deberá pasar la prueba –volvió a decir el negro Calimán.

–Ya lo sé, tenemos un caso no?

–Sí! Tenemos que entregar el alma de la Xiomara a la bestia!.

–Cuáles son los cargos?

El padre de la hija de Xiomara Lourdes, habló con profundo rencor.

–Anda puteando con la mara del Palmar! Nos ha traicionado! Yo mismo la he mandado a llamar, pero esta es la tercera mirin a la que no viene, la muy traidora!

–Y porqué no dejamos esa loca que se vaya con esos cerotes? Ni que fuera el gran culo!

Se tomó medio minuto para responder, para asegurarse que quedase suficientemente oculto su orgullo herido; que nadie de la clica se enterara que deseaba esa mujer hasta la depresión. –No me quiso creer. Le dije que la prefería muerta que en la cama de otro cabrón –pensó. En eso le asaltó la idea que ella, no solamente no le temía, sino que además lo despreciaba. Entonces, tragando una mezcla de odio y pasión respondió con toda la fingida indiferencia que le fue posible: –Lo que pasa es que se fue llevando cinco “pastas” (anfetaminas), que no eran de ella, sino de la clica! Y nosotros aquí en el gran “agüite” (síndrome de abstinencia). Además esa cabrona anda diciendo que nosotros le valemos verga, que no nos tiene miedo.

–Votemos pues! –Votemos!

La clica votó y nadie se opuso. La traición, la deslealtad, son las faltas más grave entre las maras. Entonces le dieron una pistola nueve milímetros a Walter, con cinco cartuchos en el cargador, para que pasara la prueba.
–Un cohetazo por cada pasta que nos robó la puta! –le dijeron.

lunes 22 de octubre de 2007

El capellán

Según lo dicho por destacados investigadores, es impropio atribuir a ciertas primitivas tribus germánicas, la invención de dotar de carácter religioso al instinto nacionalista. Ya lo hacían los romanos; antes de los romanos, los imperios que le antecedieron; y después de los romanos, los aztecas y los emperadores del Tahuantinsuyo.
Lo que sí puede atribuírse a esas tribus es la contemporanización de la mística nacionalista, agregándole actos de pedofilia, bestialismo, y otros ritos sexuales tendientes a demostrar que la cópula con perros policías, el orgasmo, como la fecundación y el alumbramiento de bebés en los límites de la tortura y los umbrales de la muerte, inducen al arrepentimiento, y llenan de humildad el espíritu de los que sobreviven para contarlo.

Debe atribuirse no a otra cosa que a un caso fortuito, el que haya habido un Germansson (asesor militar) en El Salvador, ofreciendo caramelos a los escolares que pasaban frente a su casa, como paso previo para adentrarles al misticismo de la pedofilia ritual, a la sombra de las cruces gamadas con que decoraba su dormitorio; como caso fortuito es que pocos años después hubo un von Wernich (párroco y capellán de la policía bonarense), redimiendo almas al borde de locuras y muertes, por él mismo provocadas, entre otras formas, ejerciendo la ginecología ceremonial, trayendo al mundo y bautizando recién nacidos, para luego separarlos de la madre, en las cárceles clandestinas de el régimen de los generales.

La no pertenencia a un plan preestablecido, lo fortuito de estos casos queda confirmado en que nunca se encontró vínculo directo entre Germansson y von Wernich, y de ninguno de éstos, con los líderes de Colonia Dignidad en las afuras de Santiago de Chile, ni con los redentores de niños de la calle que actúan en Tailandia, Laos y Guatemala.

El único vinculo que se pudo establecer de el párroco von Wernich con Aribert Heim, fue una apología en verso compuesta por Wernich en honor al ”carnicero de Mauthausen”, que guardaba el capellán entre las páginas de El Viejo Testamento”. Tampoco se pudo establecer vinculación concreta entre el capellán de la policía bonarense, con los ”ángeles de la muerte”, aunque sí una suerte de vinculación espiritual, en el hecho que tanto von Wernich como Alfredo Astiz tenían como libro de cabecera, las anotaciones médicas de Josef Mengele, inventor de la cirugía mayor sin anestesia, como método de interrogatorio.

Hay entre aquellos destacados investigadores, algunos que opinan que tampoco lo agregado al ritual nacionalista por Wernich, Heim, Mengele o Astiz, es invento de las antesdichas tribus, lo cual se demuestra en que algunas de sus víctimas, fueron capaces de revivir antiguas doctrinas equivalentes, iguales métodos con simbología y ritos propios, para imponer su particular nacionalismo, en perjuicio de sus vecinos, y comercializar su aplicación política a muchos gobiernos alrededor del mundo.
Estos otros investigadores postulan, que la aportación de las tribus mencionadas, está en haber redimensionado el ritual de la doctrina nacionalista, que languidecía obnubilada por el auge y la consolidación de los regímenes napoleónicos, para que esa doctrina no fuese a perder su carácter dual: político religioso, o de religiosidad de la política (el orden de los factores no tiene porqué alterar la naturaleza del producto).

Esta labor redimensionante tampoco tiene porqué estar exenta de humor.

Restar peso al drama, en beneficio del humor, es la intención de el capellán von Wernich, cuando se permite introducir la mano bajo la camiseta de Luis Velasco, esposado y extenuado después de una sesión de tortura, a cargo de la policía bonarense. Pasea seductoramente su mano derecha sobre los pezones de Velasco, mientras en la izquierda, el capellán sostie una biblia y un rosario, diciéndole al torturado con voz dulzona: –pobrecillo de tí! Te han quemado todos los pelitos del pecho con la picana…! –Luego acerca sus labios al oido de Velazco y le susurra dramáticamente–: confiesa tu culpa! Denuncia lo que sabes, y serás perdonado!

El dramatismo del capellán, sin embargo ganaba todo terreno al humor. A las puertas de la locura Néstor Buzzi se arrodilla ante él con las manos esposadas hacia atrás, baja humildemente la cabeza suplicándole: –padre! Soy inocente! Interceda usted para que no me maten!–. Tomando la biblia con ambas manos y colocándola sobre la cabeza inclinada de Buzzi, el capellán responde solemnemente: –de cierto os digo que, la vida de los hombres, como la tuya propia, la decide Dios, y tu colaboración con las autoridades.
Da media vuelta el capellán y sigue de largo con ceremoniales pasos muy bien estudiados.
Dos alumnos de policía llegan con sendos recipientes colmados con las sobras del comedor de los agentes. Es la hora del almuerzo para los presos políticos.

Cinco centros de detención tuvo a su cargo von Wernich.
Dirigiéndose hacia la calle, a continuar el periplo diario por esos cinco centros llamados en clave castrense, Cicuito Camps, en la puerta de la comisaría se encontró con Elena Taybo. Ella le pidió ayuda para conocer la situación de su hijo ahí recluído. El capellán preguntó a Elena cuántos hijos más tenía. –Cinco –respondió ella. Urgido como iba hizo un brevísimo alto para relatar a Elena una apretada versión de la fábula de la cabrita que ha perdido a uno de sus cabritos. Deja la cabrita en el redil a sus hijitos y sale a buscar al perdido. No lo encuentra, y al regresar encuentra el redil vacío. En su ausencia, los lobos han devorado a todos. –Moraleja –le dice, para terminar el capellán–: devuélvete a tu casa, no vaya a ser que los pierdas a todos.

Al siguiente día no se entretiene mucho en el Circuito Camps. Pasa fugazmente entre los reclusos repartiendo consejos. “Los masajes son buenos después de la picana! En la falta de antibióticos, buenos son los orines en las heridas! El Estado es por la voluntad de Dios! Habeis aprendido la lección? Habeis obrado en contra de la obra del señor! Arrepentíos! El final está muy cerca de vosotros! Hasta mañana! Quedad con mi bendición!” Mientras se encamina hacia la salida del recinto, se prepara para pasar frente a la celda de castigo, donde se hacinan los que han rechazado su consuelo espiritual.

Siempre que pasa frente a las rejas de esa celda, apretuja con ambas manos el libro de las escrituras y el rosario contra su pecho, camina solemne y pausadamente, inclina la cabeza hacia el suelo, cierra los ojos y se le oye murmurar con vehemencia: –malditos! Perded toda esperanza!

Esa semana sin embargo la dedicó, no al circuito, sino a contactar a los familiares de siete jóvenes estudiantes, de ambos sexos, para los cuales había un plan. Por haber obtenido de ellos cierto grado de colaboración, se les gestionaría pasaporte y exilio, con financiamiento a cargo de sus familiares. Cuando el último centavo exigido a esas familias estuvo en manos del capellán von Wernich. Este, personalmente se ocupó de tramitar los siete pasaportes, pero en cada uno de los documentos, en el espacio donde irían las fotografías de los titulares (los siete chicos), se colocó la fotografía de un agente de la policía secreta.

Lo que sucedió en horas de la noche, ese día que los pasaportes estuvieron listos, años despúés que los hechos se transforman en difusos recuerdos, lo relata el ex agente Julio Emmed más o menos de la siguiente manera:

“Conducíamos a los siete en una camioneta de la brigada. Como se les había prometido exilio, al notar que no íbamos rumbo al aeropuerto comenzaron a hacer muchas preguntas. Para callarlos, von Wernich les conminó: –silencio! No me interrumpais que estoy rezando por vuestras almas!–. Entonces cundió la rebelión entre ellos, y como no queríamos disparos los atacamos con las cachas de las pistolas y las culatas de los fusiles. Fue una sangría! El interior de la camioneta quedó absolutamente teñido de sangre. Debo decir que nunca estuvimos en peligro de perder el control de la situación, porque ellos estaban esposados, y al final fueron reducidos. Todos ellos habían perdido el sentido. En un descampado de las afueras de Buenos Aires, les bajamos de la camioneta y les tiramos al pasto boca arriba. El médico que nos acompañaba aplicaba a cada uno de ellos la inyección de un líquido rojizo directamente en el pecho a la altura de el corazón. Al notar extenuado al médico, el capellán von Wernich se ofreció voluntariamente a ayudarlo y aplicó la inyección a los últimos dos que restaban. Volvimos a cargar los ya cadáveres a la camioneta y nos fuimos a entregarlos a otro personal que nos esperaba en Avellaneda.
Luego de eso nos dirigimos a la jefatura de la policía donde nos esperaba el Comisario General, quien nos invitó a bañarnos y a cambiarnos de ropa, porque estábamos, como carniceros, con sangre hasta en las pestañas.

Antes que nuestro grupo de tarea partiera a descansar, nos reunió el capellán von Wernich, en una improvisada capilla al interior del recinto, nos leyó unos pasajes del viejo testamento, nos arengó diciendo que nuestras tareas eran necesarias, bienaventuradas y benditas, porque estábamos salvando al Estado y a la patria que son obras de Dios. Tomó la biblia y el rosario con su mano izquierda, con la derecha trazó ante nosotros una gran cruz en el aire y nos dijo muy emocionado: –recibid en lo más profundo de vuestros esforzados corazones, la bendición de Dios todopoderoso! Podeis ir en paz!– Entonces salimos a la calle y fuimos a beber unas cañas, para relajarnos, en el estanco donde solíamos hacerlo”