

I
El sol se ponía lentamente bañando de arreboles dorados el horizonte hacia la selva. El tugurio ”Palestina” no pudo ese día ser demolido. Se retiró a descansar el conjunto de autoridades allí reunidas. Seguido por sus guardaespaldas, vagó Erwin Fogelback en su espléndido vehículo ”todoterreno” aspirando el salobre aroma del litoral. Pensaba y repensaba en todas las alternativas posibles, consideró incluso echar mano a su propio personal armado.
–Llegó a su casa, la mesa ya estaba puesta, pero la familia no comía aún; lo esperaban a él.
Mientras cenaban Fogelback contaba a su mujer lo sucedido. Ella dirigió una mirada a sus hijos que departían alegremente sentados al otro extremo de la mesa magníficamente servida. -Algo ha comenzado a cambiar en este país –comentó la mujer.
Erwin Fogelback, huellas de pecas en la nariz, barbirrubio, hablaba el portugués de manera atropellada, como lo haría un austríaco. El latifundio de su propiedad, no era el más grande del Estado, tampoco el más pequeño; eso sí, uno de los más voraces en cuanto a expandirse, a industrializar y comercializar los recursos dentro de sus linderos, y cuando era necesario, los de fuera de los linderos. Los que colindaban con él eran pequeños y carecían de ciertas relaciones que a él le sobraban. En fin, ¿quién no entiende los límites de un terreno como elementos pragmáticamente movibles?
En cierto ejercicio de introspección que acostumbraba, entendía que se limitaba a seguir un impulso heredado, y la voz de su propia conciencia. No le movía ninguna ideología política, ni religiosa, mucho menos filosófica. Le parecía bien pues de ese modo dirigía sus negocios y relaciones, de acuerdo a la confianza o desconfianza que despertaba en él la contraparte. Esto también le permitía estar en condición de cambiar de culto el día que le perdiera la confianza al pastor de la iglesia metodista a la que no pertenecía, pero acudía los domingos puntualmente, con su mujer e hijos.
El ecologismo se le revelaba tan farsante como el comunismo. La misma explotación de sus propiedades le había demostrado que el verdor de esas tierras es recalcitrante. Tendía a regenerarse con pasmosa rapidez, a tal grado que las inversiones en herbicidas que tenía que desembolsar eran cada vez más altas. Allí donde la tierra se dejaba a su propio arbitrio, en un par de años se volvía una maraña impenetrable. Cierto, de flora y fauna muy, pero muy diferentes a las originarias. Predominaban ortigas, arbustos espinosos y alimañas venenosas; pero en fin, fauna y flora.
Esa caravana de miserables errabundos que recorrían el país en busca de tierras en donde asentarse no le quitaba el sueño porque había podido comprobar que no eran tan peligrosos como los medios decían. Ellos sólo se posesionan de terrenos ociosos y abandonados. Además, estaba seguro de imponer su autoridad hasta en el último rincón de sus propiedades; contaba con suficiente personal armado con modernos pertrechos, cuya movilidad podía ser en vehículos con tracción en las cuatro llantas o a caballo. Contaba con suficientes contactos en la gobernación política, entre los jefes de la policía y aún en el estado mayor del ejército. Su esposa era fiel y sosegada; sus hijos, muy buenos estudiantes y de mentalidad empresarial.
¿Qué más podía pedir a la vida? Nada! Sólo que le conservara la buena salud y seguir empujando adelante! Cierto, no había conquistado el cielo, pero le rozaba con las yemas de los dedos.
Sin que nadie tratara de convencerlo, sabía a ciencia cierta que aquellas, inicialmente, pocas familias habitantes del villorrio levantado con láminas, varas y pajas, no eran usurpadores bajo la égida de comunistas apátridas, sino antiguos colonos suyos, caídos en la desocupación, producto de la acelerada tecnificación de las labores agropecuarias. De un momento a otro podría necesitarlos de nuevo; por eso les cedió un lugar para vivir. Los vaivenes de la economía son impredecibles y hay que prevenir, pensó.
Y sin embargo en menos de un lustro, los habitantes del tugurio dieron muestras de multiplicarse peligrosamente. Fogelback llegó a la conclusión que definitivamente, de cara al futuro ya no los necesitaría como fuerza de trabajo, aunque sí necesitaba las parcelas que ocupaban.
En la mente del terrateniente bullían planes de una mejor distribución y una mejor economía de la superficie productiva. Había meditado muy bien el asunto. Su conciencia decía que él no tenía la culpa que el avance de la tecnología agropecuaria fuese tan veloz. Tampoco de que la fuerza laboral caída en la cesantía careciera de alternativas. En estricto, tal cosa era un problema del gobierno. De los políticos!
II
La vida laboral de Hámilton Dos Santos, había transcurrido por todos los oficios imaginables con el ingenio suficiente como para no dejar caer a la familia, mujer y nueve críos, en la hambruna. Agricultor, carpintero, albañil, obrero fabril, vendedor, electricista, soldador… hasta llegar a tractorista, empleado del departamento de “Obras” de la gobernación.
Hámilton no veía ante sí una masa descolorida e informe como la que miraban Erwin Fogelback, el delegado de la gobernación y el oficial de policía, quienes le había llevado a colocarse frente al tugurio tripulando una descomunal pala mecánica de las que se usan para terrazear terrenos destinados a la construcción.
Hámilton miraba cabañas precarias y malolientes, remedo de muebles y una infinitud de trastos diversos, difícilmente identificables, pero en fin, un poblado de seres humanos.
La policía había sacado del tugurio a los pobladores y los mantenían reunidos a distancia. Ahí se les leería por altavoz la expiración del ultimátum y la orden de desalojo, dictados por el juez de lo civil.
Había gentes de todas las edades, desde recién nacidos hasta ancianos que no podían caminar sin ayuda.
Perros y gallinas merodeaban en los alrededores incapaces de entender lo que estaba por suceder. Al interior de algunas cabañas dormitaban gatos, totalmente indiferentes a todo aquel alboroto; se escuchaba gritos de algunos papagayos en el interior del tugurio. Se impacientaban por la prolongada ausencia de sus amos, y por sus estómagos vacíos. Hamilton dirigía la mirada a los angustiados pobladores. Miraba a su propia familia, multiplicada.
El delegado del gobernador se acercó a la enorme pala mecánica; se dirigió a Hámilton: -En cuanto termine de leer la orden de desalojo, te doy la señal y metes la máquina por todo eso, a manera que ”no quede piedra sobre piedra”! (se atrevió a una cita bíblica). Luego se dirigió hacia donde la policía retenía a los pobladores. Los niños lloraban de hambre y angustia
El sol había traspasado ampliamente el cenit, las palabras del funcionario resonaban con autoridad.
A la inminencia de lo que había de venir, las manos de Hámilton Dos Santos comenzaron a sudar copiosamente. Observó en los alrededores congregaciones de curiosos. Aparte de los burócratas ahí presentes no había entre ellos ninguno de clase media. El único de clase alta era Erwin Fogelback, pero éste se situaba a una prudente distancia en el interior de su vehículo de vidrios polarizados. Se mantenía informado de los detalles, vía celular, por el representante de la fiscalía general, que también estaba presente.
Las autoridades allí concentradas eran minoría en relación a los pobladores retenidos y los curiosos que aumentaban en número.
Hamilton ya había vivido lo suficiente en ese ambiente para entender que aquella desproporción, no significaba mayor cosa en el resultado final de ese tipo de conflictos. Los pobres, siempre protagonizan grandes aglomeraciones alrededor de los acontecimientos novedosos. Rara vez se atreven en contra de la fuerza policial, por demás vengativa e implacable. Cuando se atreven sufren severas derrotas. Y cuando logran sus objetivos, estos son revertidos por el aparataje gubernamental.
¿Qué podría pasar si todos aquellos curiosos desarrapados cobraran conciencia de pertenecer a un solo cuerpo violentado y reaccionaran como tal?
Alguien había bautizado al tugurio como ”Palestina”; quizá como una forma de incitación.
¿Qué pasaría si aquél mar de curiosos, experimentaran un único sentimiento de indignación y se lanzara a la acción?
-Por la puta! ¿Estás ciego y sordo!!? ¿Que no ves ni oyes la orden de proceder!!?
El reclamo del representante del gobernador, que había llegado otra vez a la par de la enorme máquina con grandes aspavientos, sacó de sus abstracciones al tractorista, quien reaccionó sobresaltado. El acto reflejo hizo que su mano se posara sobre el encendido, pero no lo accionó; se limitó a acariciar la llave suavemente, con la mirada dirigida hacia ninguna parte.
-¡Vamos hombre! ¿Que esperas? –volvió a gritarle el delegado, ya fuera de sí.
Hámilton volvió la cabeza hacia el que le daba órdenes imperiosamente. Le miró intensamente, parecía no oír los gritos cada vez más histéricos que le dirigía. Con una lentitud, nada acorde con la urgencia que se le exigía, bajó trabajosamente de la gigantesca máquina con la llave de encendido en la mano, y se la tendió al sorprendido funcionario. -No puedo hacerlo -le dijo. Había en sus ojos una mirada inmensamente triste.
-Te has vuelto loco? –inquirió el oficial– ¡Esto significa desacato! ¡Desobediencia a la ley! Serás despedido! ¡Irás preso!
Cabizbajo, Hámilton replicó a su vez: -Proceda como mejor le parezca, pero yo no puedo hacerlo! –Y comenzó a caminar hacia la carretera, en busca de un autobús que lo llevara a casa. Iba meditabundo y temeroso. ¿Perdería el trabajo? ¿Le acusarían, de qué? ¿Iría preso? Un dejo de esperanza le alivió la pesadumbre al recordar la cercanía del extraordinario acontecimiento que había conmocionado al país entero. Un obrero sindicalista había llegado a la presidencia de la república. –¡Algo tiene que cambiar! Esperaremos, a ver qué pasa, –se consoló y siguió caminando.





